Me sentía extraña, como
si yo me hubiera ido y ahora un cuerpo extraño habitara en el mío.
Cada pared, cada pasillo, cada baldosa era diferente. No conocía el
nuevo mundo que me rodeaba y eso me asustaba más que cualquier otra
cosa. Apenas podía moverme, tenía el cuerpo entumecido, ya fuera
por las pastillas o por las palizas. Intentaba buscar un punto de
referencia que pudiera servirme, pero no había nada, solo paredes
blancas y gritos, muchos gritos.
Mis brazos estaban
dormidos, al igual que mis piernas, cualquier intento de salir de
este atolladero sería inútil. La boca me sabía a hierro y sal, a
causa de la sangre. Lo bueno de estar dormida era que no sentía las
punzadas de dolor que me recorrían el cuerpo al mínimo roce de la
ropa, no sentía que me faltaba el aire ni que me iba a desvanecer a
cada pocos segundos.
La conciencia iba y
venía sin previo aviso, necesitaba mantenerme despierta el máximo
tiempo posible. Estaba tumbada en una cama, de eso no había duda,
pero no reconocía la habitación. Me habían atado a la cama, como
si no fuera suficiente con las veinte pastillas que me habían dado.
Los grilletes de cuero estaban demasiado apretados, había empezado a
sentir las manos y no era agradable la sensación de que no te
circulara la sangre.
Un leve sonido, no sabía
si significaba algo bueno o algo mano. El tintineo de unas llaves
hacia mi habitación no debía de ser nada bueno. La cerradura había
cedido y un individuo estaba dentro conmigo. Todo el cuarto estaba
sumido en la penumbra, no reconocía la cara de la persona que había
entrado.
—Srta.
Sykes, ¿está consciente?
No
contesté. Estaba bastante segura de que me temblaría la voz y
cualquier signo de debilidad le daría ventaja a la persona que tenía
delante. Simplemente intenté visualizar los rasgos de la cara, pero
era extremadamente difícil dado que no podía mantener los ojos
abiertos más de dos segundos.
Apenas
sentí cuando el cuero dejó de rodearme las muñecas para quedarse
colgando a los postes de la cama. Tampoco sentí cuando la mujer, por
su pelo largo recogido en un moño deduje que era una mujer, me
levantó de la cama y me llevó por el pasillo en una silla de
ruedas. Era como un sueño en el que eres consciente de lo que pasa a
tu alrededor pero no puedes controlarlo, mejor dicho, era como una
pesadilla. Me llevó a una sala con baldosas blancas, había varias
duchas. Otra vez sin ventanas. Me desnudó, quitándome delicadamente
la bata para no tocarme los moretones. No sentía vergüenza de mi
cuerpo, no sabía por qué, pero al final me había acostumbrado a
ver cada corte y cada cardenal sobre mi blanca piel.
Frío.
La primera sensación que despertó en mi cuerpo fue el frío. El
helado mensajero de la muerte. Un ardor gélido recorrió cada
centímetro de mi delgada figura. No sabía como había llegado de
nuevo a la habitación, pero el hecho era que ya no estaba atada.
Deslice el pie fuera de la cama, las baldosas del suelo estaban
congeladas. Un escalofrío me atravesó de nuevo el cuerpo. Coloqué
el otro pie sobre el suelo y me quedé sentada sobre la cama. Empecé
a balancear las piernas mientras tarareaba una canción en mi cabeza.
Una que hablaba sobre una chica que quería ir a la feria y ser feliz
de nuevo después de haber pasado meses llorando por haber cortado
con su novio. No me acordaba la última vez que había sido feliz.