lunes, 7 de abril de 2014

Me sentía extraña, como si yo me hubiera ido y ahora un cuerpo extraño habitara en el mío. Cada pared, cada pasillo, cada baldosa era diferente. No conocía el nuevo mundo que me rodeaba y eso me asustaba más que cualquier otra cosa. Apenas podía moverme, tenía el cuerpo entumecido, ya fuera por las pastillas o por las palizas. Intentaba buscar un punto de referencia que pudiera servirme, pero no había nada, solo paredes blancas y gritos, muchos gritos.
Mis brazos estaban dormidos, al igual que mis piernas, cualquier intento de salir de este atolladero sería inútil. La boca me sabía a hierro y sal, a causa de la sangre. Lo bueno de estar dormida era que no sentía las punzadas de dolor que me recorrían el cuerpo al mínimo roce de la ropa, no sentía que me faltaba el aire ni que me iba a desvanecer a cada pocos segundos.
La conciencia iba y venía sin previo aviso, necesitaba mantenerme despierta el máximo tiempo posible. Estaba tumbada en una cama, de eso no había duda, pero no reconocía la habitación. Me habían atado a la cama, como si no fuera suficiente con las veinte pastillas que me habían dado. Los grilletes de cuero estaban demasiado apretados, había empezado a sentir las manos y no era agradable la sensación de que no te circulara la sangre.
Un leve sonido, no sabía si significaba algo bueno o algo mano. El tintineo de unas llaves hacia mi habitación no debía de ser nada bueno. La cerradura había cedido y un individuo estaba dentro conmigo. Todo el cuarto estaba sumido en la penumbra, no reconocía la cara de la persona que había entrado.
—Srta. Sykes, ¿está consciente?
No contesté. Estaba bastante segura de que me temblaría la voz y cualquier signo de debilidad le daría ventaja a la persona que tenía delante. Simplemente intenté visualizar los rasgos de la cara, pero era extremadamente difícil dado que no podía mantener los ojos abiertos más de dos segundos.
Apenas sentí cuando el cuero dejó de rodearme las muñecas para quedarse colgando a los postes de la cama. Tampoco sentí cuando la mujer, por su pelo largo recogido en un moño deduje que era una mujer, me levantó de la cama y me llevó por el pasillo en una silla de ruedas. Era como un sueño en el que eres consciente de lo que pasa a tu alrededor pero no puedes controlarlo, mejor dicho, era como una pesadilla. Me llevó a una sala con baldosas blancas, había varias duchas. Otra vez sin ventanas. Me desnudó, quitándome delicadamente la bata para no tocarme los moretones. No sentía vergüenza de mi cuerpo, no sabía por qué, pero al final me había acostumbrado a ver cada corte y cada cardenal sobre mi blanca piel.


Frío. La primera sensación que despertó en mi cuerpo fue el frío. El helado mensajero de la muerte. Un ardor gélido recorrió cada centímetro de mi delgada figura. No sabía como había llegado de nuevo a la habitación, pero el hecho era que ya no estaba atada. Deslice el pie fuera de la cama, las baldosas del suelo estaban congeladas. Un escalofrío me atravesó de nuevo el cuerpo. Coloqué el otro pie sobre el suelo y me quedé sentada sobre la cama. Empecé a balancear las piernas mientras tarareaba una canción en mi cabeza. Una que hablaba sobre una chica que quería ir a la feria y ser feliz de nuevo después de haber pasado meses llorando por haber cortado con su novio. No me acordaba la última vez que había sido feliz.